El dia que te cambia la vida

Eres un tipo moderadamente alto, con bastante sobrepeso, y tu trabajo consiste en pasarte muchas horas al día sentado delante de un ordenador. Te duele la espalda, es normal. Haces ejercicio y se alivia, te trata un fisioterapeuta y se alivia, pero el dolor sigue ahí casi siempre.

Es por eso que, cuando el dolor baja y pasa a la zona lumbar, lo achacas a lo mismo. Sigues haciendo igual: fisioterapia de vez en cuando e ibuprofeno, mucho ibuprofeno. Tanto que el estómago te empieza a molestar y ya, después de haber aguantado durante meses, decides ir al médico.

La médico de cabecera que no es de tu comunidad no quiere atenderte al principio, pero al final está obligada por ley y lo hace. Te manda hacer unas radiografías que no revelan nada y te recomienda que hagas baile español para estirar la espalda.

Los dolores siguen y decides probar suerte viajando a ser atendido por la médico de cabecera que te corresponde por empadronamiento. Ni te toca y asume que lo que te pasa es una intoxicación provocada por el ibuprofeno, así que te receta otra cosa y te manda a trabajar, que tampoco estás tan mal. Pasas una semana terrible, poniéndote calor en la zona contínuamente, incluso en el trabajo, y decides volver a ver a la doctora, ya que has llegado a un punto en el que no puedes ni comer, ni casi mantenerte en pie. Además, no duermes nada, y hay días que vas a trabajar a las cinco de la mañana solo para no desesperarte en casa.

Ella ve la mala cara que tienes y, aunque sigue sin tocarte, decide darte un relajante muscular más fuerte y darte la baja para que puedas quedarte en casa en la cama. Ya casi no comes nada porque algo duro en tu estómago hace que no tengas ganas.

Esa misma noche el dolor no remite ni con los relajantes y la desesperación ya es demasiado grande como para soportarla. Decides, junto con tus padres que están a tu lado con cara de preocupación, que a la mañana siguiente irás al servicio de urgencias del hospital. Esto no puede seguir así.

El médico que te atiende se sorprende cuando le dices que nadie ha sido capaz de tocarte hasta ahora, ya que nada más palparte el abdomen ha notado que algo raro hay ahí. Te hacen un montón de pruebas y te dicen que, directamente, al día siguiente te van a hacer una biopsia para ver de que se puede tratar. Cuando ya están a punto de subirte a la habitación, el médico cae en que no te ha preguntado si te duele el testículo. Contestas que no, pero aún así hace una exploración y confirma lo que sospechaba un minuto antes: el testículo está mal y lo que tienes en el abdomen está provocado por eso.

Al día siguiente lo extirpan y lo mandan analizar. De alguna extraña manera, al quitar el mal de tu cuerpo, te sientes mucho mejor y los dolores han remitido en gran medida. Mientras, te quedas en el hospital esperando el diagnóstico, aunque sabes claramente de que se trata.

Al cuarto día el médico que hace la ronda todas las mañanas te dice que te vas a casa, pero que primero tienes que bajar a otra consulta para que te cuenten qué tienes que hacer a partir de ahora. Es la consulta de oncología.

Cuando estás esperando a que te hagan entrar, miras a tu padre. Tiene una expresión forzada de tranquilidad, como haciendo que no pasa nada.

Una vez dentro, la doctora no se anda con rodeos y de manera amable y atenta, pero firme, te explica lo que hay: tienes cáncer, y muy extendido. Tienes el cáncer del tipo más grave que hay justo antes del irreversible, así que la situación es grave. Por otra parte, te dice que ese tipo es de los que mejor cura tienen, que tienen un alto porcentaje de gente que se cura.

Te explica como va a ser el tratamiento. Largo, muy largo, y duro, muy duro. Sesiones de 21 días de quimioterapia, sin descanso. Y después, ya veremos. Se queda sorprendida cuando le dices que estás deseando empezar con ello: “antes terminaremos”.

En el viaje de vuelta a casa, tu padre intenta quitarle importancia al asunto:

- Bueno, que ya verás como al final no es para tanto.

- Sí, sí que lo es. Tengo cáncer, y del muy malo. Pero no te preocupes, que no me voy a morir.

Y es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Ese día, justo ese día, te cambia la vida. Y para bien.